Seguridad Privada, ¿son los buenos o son los malos?

Tenía pensado disfrutar de las mejores vacaciones desde hace mucho tiempo junto a mi mujer y nuestra hija Ángela de cinco años, en una de las regiones más hermosas para un planteamiento como este. Asturias es sin duda un destino del que uno debería llevarse sólo un buen recuerdo. Así debería haber sido, hasta que en la estación de trenes de Oviedo, la de Adif, la antigua , nos tocó encontrarnos en la lotería de los desencuentros con dos guardias de seguridad que consiguieron, de un plumazo, convertir vacaciones de ensueño en una experiencia como mínimo pésima por todo lo que conlleva.

El tema comenzó por un fortuito accidente con los tornos de entrada al andén número uno, cuando nos disponíamos a coger el tren de cercanías a Gijón. En la complicada maniobra que supone entrar dos adultos con maletas y una niña que no paga billete, por lo que tienes que tratar que pase de alguna forma. El torno pilló la cabeza de nuestra hija quedando ésta aprisionada hasta que conseguí desbloquear las puertas a tirones y hacer que pasara. Los llantos de Ángela alertaron a los demás pasajeros, pero por suerte no parecía que se hubieran ocasionado lesiones.

La alarma de la puerta forzada era lo único que no paraba de sonar mientras que cincuenta, quizás más pasajeros nos encontrábamos solos en un andén donde ni de , ni de Adif, ni de nadie responsable había la más mínima presencia. Después de buscar por todos lados, localizé un interfono con un pulsador que en teoría debía poner en contacto el andén con la oficina de Atención al Cliente, tras pulsar repetidas veces nadie contestó a nuestra llamada.

Cuando la impresión de todo era la de estar abandonados a nuestra suerte en el andén número uno, donde por cierto, a otra chica el torno la había pillado minutos antes, vimos aparecer al fondo dos guardas de seguridad que se dirigían hacia nosotros, parecía que por fin a las máquinas se les podía sustituir por personas. Nada más lejos de la realidad. Llegados hasta el torno que no paraba de sonar se limitaron a desbloquear la puerta para que siguiese cumpliendo su función de “sin billete no pasas, con billete te la juegas”, y al explicarles lo sucedido, la única respuesta obtenida fue, “vaya al mostrador de Atención al Cliente”.

¿Atención al Cliente?. ¿Un torno deja atrapada la cabeza de una niña de cinco años y los responsables de seguridad te dicen que vayas a Atención al Cliente?

Les pregunté entonces si no iban a ver si la niña necesitaba asistencia, y la respuesta fue darse media vuelta y marcharse, les pedí entonces que se identificaran, y la respuesta fue continuar andando haciendo un gesto que perfectamente se podría traducir por un “que te den”. Aquí quedó en el suelo la imagen idílica de unas bonitas vacaciones familiares en Asturias gracias a dos guardias de seguridad que se negaron atender a nuestra hija de cinco años, ambos pertenecientes a la empresa EULEN, y a los que he denunciado ante la Policía Nacional por “omisión del deber de socorro” y “negativa a identificarse como agentes de seguridad”.

Ahora veremos que pasa con la denuncia vía judicial, pero lo sucedido en mi opinión debe abrir una reflexión que desde luego no es nueva, y desde luego no somos nosotros, por fortuna, los más perjudicados por una realidad.
Si fuese un ciudadano iraquí enfrentado a diario a los despropósitos de empresas como Blackwater, lo tendría claro, pero lo que me preocupa seriamente es que soy un ciudadano español y tampoco sé qué contestarle.

De Asturias me llevo sus hermosos paisajes y la amabilidad de sus gentes, pero también una pregunta de mi hija que no sé cómo responder.


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